viernes, 6 de mayo de 2011

Consejos para poetas que deseen ganar un premio de poesía



1. Citar a Gamoneda.
2. Citar a autores importantes: Eliot, Rilke, Novalis, Pessoa, Kavafis…
3. Nada de prosa poética.
4. Nada de estrofas clásicas.
5. No mencionar a Dios.
6. Nada de trascendencia.
7. Nada de política.
8. Crear poesía políticamente correcta.
9. Hacer un “libro blanco”.
10. No obstante se pueden admitir: citas de lesbianas concupiscentes, realismo sucio y “Nocillas”.
11. Crear poemas con lenguaje poético: “aire”, “luz”, “espacio”, “cristal”…
12. Cortar la prosa poética en verso corto (suele dar resultado).
13. No poner título a los poemas, así el libro da la sensación de poemario unitario.

jueves, 5 de mayo de 2011

Ya está disponible, después de quince años sin publicar poesía








Pedidos: simlibros@gmail.com
PVP: 10 euros.

Setenta y siete



Tienes una forma diferente de mover las manos. Es tu manera de ejecutar las cosas. Un modo con mesura. Las actividades las realizas basándote en los criterios exactos. La formalidad siempre es cuidado, las reglas deben estar presentes. La consecuencia es cumplimiento. Aunque suelo olvidar muy a menudo la configuración de mi propia vida, intento que el estilo no resulte dañado. Pero no lo consigo. Un paso, una lucha, y al final siempre lo mismo. Aquí estoy matando hormigas que han entrado por quién sabe dónde.

He tomado café con Andrés Luque Gago y señora. Me ha enseñado su rincón taurino, su casa, su vida. Los trofeos de su historia repartidos en un ambiente íntimo. Un torero mayor que rebosa la sabiduría de los años. Estaba tan emocionado que ha encontrado los cuadros, los grabados, las fotos con Paula, Curro, Bienvenida. Los casi veinte viajes a América para triunfar quedaban plasmados por todos los rincones. Le ha llamado un Guardiola y Julio Cuesta. En vez de despedirme intenté un pase de muleta. Un gran hombre formal.

He observado que esta ciudad en este tiempo se engalana furtivamente. Y lo hace sin vergüenza, a la vista de todos, pero a escondidas. Y van apareciendo por las calles los disfraces y las sombras. El olor de humedad recién plantada nunca dará sus frutos.

Anda cabreado por el Twitter Pérez-Reverte desde Lisboa, con el asunto del plagio. Que había dos sentencias a su favor. Que una jueza ahora dice lo contrario. Que confía en el Supremo. Que lo haga, yo no. En la justicia de este país ni existe la mesura, ni los criterios, ni la formalidad. Menudo cachondeo.

Tengo ganas de ir a Córdoba mañana, pero no tengo ganas de conducir, ni siquiera de salir. La vida en soledad y silencio, a escondidas, es más gratificante. Si sales vas chocándote con sombras y fantasmas constantemente. Y ahora las sombras son furtivas. Llevan volantes y hacen el paseíllo.

Suelo fijarme en las manos de las personas cuando quedo con ellas. Las fotos o retratos siempre me llevan a las manos, y las personas son reflejos de las suyas. El alma se la ha llevado la jueza esa con lo del plagio.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Treinta y dos



Hubo un día que me enamoré de las matrices (invertidas, claro está) y fui tomando cariño a los diagramas familiares (de Euler Venn). Siempre he buscado la lógica, la realidad del círculo sin posibles combinaciones. El universo es un discurso, y con los cuadernos cerrados siempre se encuentra la verdad. Pregunto por la extraña forma de conducir por la izquierda. Hace años, cuando en el Puente de Londres cruzaban las carrozas, para evitar que la fusta o el látigo del cochero hicieran daño a los viandantes, se promulgó la norma de circular por la izquierda. Pero debo seguir buscándote, esta vez es una diferencia. Natural y legítima creencia.

Me he sentado en las escaleras hasta esperar que vuelvas y has aparecido. Dispuesta a escuchar una lógica sin leyes ni discursos, sin normas aplicables a un lenguaje artificial. Me pierdo en tu sonrisa, en tu cadera, en tus manos. Mejor es no pensar. Mejor es no pensar. Imaginar y recordar se superponen y confunden.

Busco la verdad y encuentro sombras, fantasmas. Un alma que ya ha disimulado la felicidad. Una aproximación al desconcierto como una realidad, y sin matices. Amor, si has de venir, que sea pronto, que también nos cansamos los que tenemos hambre. De ti, por supuesto. Duermo solo, y tengo cuarenta y tantos años. Los mismos que tenía aquel poeta loco, que repetía los versos en la ducha, en noches de domingo, cuando todo era igual, y tú lo sabes.

Rosales tiene una forma de escribir algo peculiar. Cuando quieres oírlo, se repite el silencio y acabas con Colinas en Ibiza, con García Baena en Torremolinos, con MVA en el Paseo de la Farola y con Claudio en el bar de la calle de su vida. En La Rábida, Jaime Siles acabó durmiendo solo. Lo pretendía. Al igual que García Martín. Todos aquellos que repitieron los mandamientos de la ley de la poesía lo consiguieron, como lo hizo Lola Luna, mientras recitaba los cuentos en la noche de rabia. Y después Guadalupe, opinó.

Hace muchos años, escribí un poema que nunca salió a la luz. Se titulaba “Polémica y expectación en torno al caso Grande”. Era para Guadalupe. La poeta. Era para ella. Pero prefiero esconder ese cuaderno marrón, que permanece cerrado, como los sentidos en primavera.

He llamado a un taxi. El acto ha terminado. No hago nada solo, en la puerta de un antro, a las cinco de la mañana. Dice que viene ahora. Mientras, recito los versos en inglés de un tal Paul D., que escribe muy bien, y tiene tono. Un tono que se va por la izquierda en el Puente de Londres. Sharleen observa. Doy saltos por la calle mientras repito esos versos. Natural y legítima creencia.

martes, 3 de mayo de 2011

Un poema inédito de Juan Ramón Jiménez

Cuarenta y uno



Hay una rosa que despunta por encima de todas las rosas. Es una rosa roja. Está en el arriate, junto al pilón. La planta la compré sin garantías, en una triste tienda, y resultó barata. Esa rosa se observa por su gran magnitud, esa rosa es la vida.

A cada rosa nombro con un verso de Javier Salvago. Por ejemplo a una la llamo “El amor no lo es todo, pero ayuda”. A otra “No es bueno que el hombre esté solo”. Y para la gran rosa no encuentro ningún verso. Uno de Eliot o tal vez de San Juan. Pero aparece de pronto la Zambrano y deja caer una sentencia suma: “La voluntad sólo puede en la luz del entendimiento”. Debo tener cuidado, no vaya a ser que la rosa siga creciendo y acabe en el pilón. Entonces recordaré a Guillermo Carnero y ese verso: “Mientras flotan sin rumbo cadáveres y rosas”.

Dicen que ha muerto Bin Laden, y no lo creo. Han arrojado su cuerpo al mar, pero no flota como en ese verso de Carnero, y mucho menos sin rumbo. Todo es un pacto para hacer que el crudo baje y las bolsas suban. La situación de los mercados financieros es crítica, y esto puede aliviar un poco. Total, Laden tiene diabetes importante, y lleva muchos años escondido. Es una digna muerte, la del silencio pactado. Bin Laden murió con las revueltas islamistas. A los políticos y líderes mundiales, las personas normales no importamos, ellos creen que hacen la historia cuando en realidad la historia se hace con rosas en las manos. Y ahora creemos mucho menos que antes, y desde luego, de ellos nada.

Las masas salen a la calle para celebrar algo incierto, y todos se cuelgan las medallas, cadáveres, rosas marchitas. Como el matrimonio Hallett (William y señora), que acude diariamente a su Paseo matinal (1785). Lo barroco de sus vestimentas, un neoclásico rococó algo exagerado, y el rostro de la señora. Thomas Gainsborough (1727-1788) me fascinó, y lo sigue haciendo. The Blue Boy (1770), Mary Robinson (1781), o el escorzo de Ann Ford (1760). Me enamoré de la señora de Thomas Graham (1777). Cada obra de Gainsborough es una rosa que despunta por encima de todas las rosas.

Los cuadernos deben permanecer cerrados. Abiertos se ensucian de polvo y adquieren un malestar nada literario. La creación es una rosa humilde. La rosa que nunca despunta entre las otras, pero guarda su color intenso, y sus espinas. Atrapas la rosa entre las manos y la sangre se confunde con sus pétalos. La edad no nos hace callar, aunque vivimos en un olvido consentido. Nada nos importa más que nuestro propio silencio. Y si viene la luz, a este centro del alma, el dolor es intenso, como si alguien robara la verdad a los necios.

Voy a seguir leyendo a Jesús Aguado: ”Si amarte hubiera sido una forma de ser definitiva…”.

lunes, 2 de mayo de 2011

Veintinueve



Hace mucho frío. La humedad de la tierra me ha subido al alma, y tiemblo. Una araña con el cuerpo tatuado asciende por la pierna. En un instante pasado llegó al fin de sus días. Pienso en Sábato. Su lectura me impresionó en la adolescencia, incluso alguna vez acudí a él en su palabra. Todos le recuerdan como un grande. Admiraba la pintura y la música, estudió Física, y cultivó con notable lucidez el ensayo. El túnel (1948) fue devorado en varias ocasiones, con fascinación y credibilidad. Pero sobre todo fueron sus fantasmas los que ahora recuerdo. Se han ido al universo paralelo de los Informes sobre ciegos. Larga vida Sábato, allá donde estés.

Unir la decadencia y la independencia fue algo muy pretendido en la poesía contemporánea de los años ochenta. Tanto, que resultó un complejo experimento, propio de Sábato en Sobre héroes y tumbas (1961). Se utilizaba mucho la expresión decadentista para la poesía en los circuitos literarios reales y eficaces. Comentaba un poeta extremeño hace unos días que García Martín –que sabe de eso- ha mencionado en alguna ocasión la poca validez y la ausencia de confianza y veracidad de los suplementos literarios españoles en la actualidad.

No ha parado de llover. La tierra es incapaz de absorber tanta agua, y eso se nota en el ambiente. No me atrevo a encender la chimenea ya que mis compañeras de casa (las arañas), me tacharían la loco. Pero lo haría de buena gana. No quiero ser Fernando Vidal Olmos. Esta vida es una gran metáfora. Mi cuerpo se está transformando en un cambio semántico inoportuno. No es el momento todavía, aún preciso alguna que otra discusión con estos fantasmas que aparecen a cualquier hora por Siltolá.

He propuesto a Pablo Moreno y a Juan Peña una presentación mutua. Así, recíprocamente, como ocurre en Londres, en sus tertulias oscuras y repletas de cultura. Tengo que preparar esta semana unas palabras para Manuel Gahete, y otras para Pablo García Baena. Ambos estarán en la Feria del Libro de Córdoba. Me alegra salir de Sevilla en estos días inciertos de abril (ya es mayo), donde todo es ficción y fantasía. También debo decir algo en la Feria del Libro de Cádiz, para Ángel Mendoza y Antonio Serrano Cueto. En esta semana, que termina en domingo.

Es visible la decadencia de Sevilla. Y lo es por momentos, a pasos agigantados. He mirado a mis hijos y les he dicho con matices: “¡Sevillanos!”. Una ciudad pequeña, mal intencionada, donde no quieren estar ni siquiera los fantasmas. Esos que se visten de elegancia y te hablan al oído en las mañanas de calor soporífero. Sevilla es ya un término figurado y, o cambia, o pierde todos los atributos innatos y desconocidos por culpa del miedo.

Necesito diez minutos para prepararme un poco de comida. En cambio siete meses para escribir un poema que aún no he culminado. Se titula “Las bodas de Caná” y busca la simpleza en la expresión, para terminar en uno de esos latigazos que te da la vida de vez en cuando. Parece que el poema y sus versos han hecho que entre en calor. Miro hacia el pasillo y aparece Sábato. Le faltan unos días para cumplir los cien años. Debo comprar una tarta.

domingo, 1 de mayo de 2011

Nueve



La vida es una vez. No disponemos de una segunda oportunidad para terminar aquello que empezamos. Busco a oscuras un credo, un camino, un querer quererte sin hacerlo. Maldigo y perdono. ¿Quién me perdona? Cuando Antonio Martínez Ares escribió María se bebe las calles, se encogieron las nubes de Cádiz. Y cuando Pasión Vega tomó la letra y le puso voz, los hombres escapamos de los gritos de grandeza que promulga la naturaleza. Nunca decimos no, siempre perdonamos a los sabios. Los mandamientos se pasean como lo hacen las flores, y si es el quinto, dejamos de tener miedo.

Los libros de Pablo Moreno y de Juan Peña han quedado preciosos. Muy luminosos. Continente y contenido han sabido fundirse en el primer mandamiento de la ley de la poesía. El gris de Pablo es especial, espacial. No existe el metalizado en las ediciones, pero como si lo tuviera. He vuelto a leerlos esta tarde, y he recordado la foto que publicó Trapiello. Los libros más vendidos nunca serán de poesía, lo exótico, político y estático nunca será poesía.

A Alfredo Valenzuela le gusta mucho el post “Postpoeta Dos”. A mi hija Isabel le apasiona la Nocilla, pero no puedo decir lo mismo. Lo mencioné antes, lo exótico, político y estático. Lo post. Es una pena, después los conoces, y son buena gente, inteligentes (de eso nunca dudamos, que conste), y cuando manifiestan abiertamente su obra, son buenos literatos. Algunos magníficos. De pequeño aborrecí tres cosas: los quesitos El Caserío (los que me daban eran La vaca que ríe), los plátanos y la Nocilla. Fue tal la cantidad ingesta que recibía de esos productos que llegué a odiarlos. Hoy no pruebo un plátano ni en pintura, a pesar del color amarillo que siempre tengo presente.

Hablar del amarillo trae el recuerdo de Julio Llamazares y su poemario La lentitud de los bueyes (1979), aunque realmente fue su novela La lluvia amarilla (1988) la que nos acerca de nuevo a los mandamientos, allá en Ainielle. También el recuerdo de Juan José Espinosa Vargas y su Marzo o la traducción del aire (1984), (“Pobre Berta / creía que el sol iba a ser siempre amarillo amarillo amarillo / tanto que sólo con él podría iluminar las pupilas de todas las muñecas de trapo / y amanecer cien mil veces en un mismo instante / pobre Berta creía que el sol iba a ser siempre /amarillo amarillo amarillo”).

Se intenta fundir un mandamiento en la nostalgia y el resultado es ritmo y decepción, como se llama una de las últimas canciones de Miranda, y Ale está como siempre, además de genial, extravagante y dando fe de sus impulsos latinos. Pero a los sabios, siempre perdonamos, no lo olvides. He llegado en el momento equivocado, en un tiempo impreciso al que Martínez Ares denomina prisionero de los miedos. Se me va la vida en el perdón, y yo sin saberlo.