lunes, 11 de noviembre de 2013

El bastón




Hoy recuerdo las primeras palabras de María Zambrano. El tono de su voz, el porte y la mesura. Saúl trajo, cuando tenía veinte años, un bastón, dijo que era un obsequio. Un bastón de madera labrado toscamente que conservé y aún guardo en Siltolá.

Desde entonces, si alguien preguntaba por un regalo, un cumpleaños, onomásticas o acontecimientos dispares, repetía lo mismo: ¡Regáleme un bastón!

Dispongo, en tres estancias diferentes, de una buena colección de bastones. Y resulta que sin ellos apenas camino desde el porche hasta el centro indudable. Cuando Saúl trajo el primitivo apoyo leí de nuevo el contrato. Allí estaba escrito. Sin ellos la vida resulta complicada. Con ellos la muerte resulta diferente.

El viento mueve la llama de la vela de derecha a izquierda, nunca de izquierda a derecha. El naranja del cielo evita despropósitos, y engaños y mentiras y sonrisas siniestras. Busco el porte y la mesura. El equilibrio y la armonía. La verdad de Claudio y la auténtica poesía. Nunca Valente fue realmente puro, imita, copia, es dispar, sin contenido propio.

Hay otro no poeta de Númenor finalista del Adonais. El director quiere hundir el premio. Busco el apoyo, la mesura. Es la primera vez, en muchos años, que aguardo el resultado del fallo con interés. ¿Justificación o premio? No existe la confianza en el certamen, ni el mutuo entendimiento. Habita la congratulación, que no es más que el apostolado de los siniestros hacia su propia especie.

Armonía, equilibrio, mesura, porte, verdad, soledad, silencio. Si este año el Adonais se lo entregan a Rilke tal vez vuelva a confiar en el premio. Bueno, a Rilke o a Hölderlin. (Y si se lo dan a Nietzsche, vamos resucito, pero creo que no).