sábado, 7 de septiembre de 2013

Bailando




Llevo uno años en mala posición asistencial. Cuando quiero bailar llamo a los indolentes y vienen muchos. Saúl permanece a mi lado. Hay números mojados que acuden, otros se quedan. El gato negro, que ha perdido su cola, intenta el roce con la pierna pero no lo consigue. Repito números en alto mientras subo a la nube alejandrina. Números como el 83, el 29 o el 551. La nube me besa por necesidad y no le correspondo.

Bailamos, seguimos bailando. Sudo con el libro de poemas de aquel que nunca existe pero leo. Sin esfuerzo, con el amor de madre, de hermano, de abuelo. Leo los versos y respondo. El fuego sale por las manos, entre los dedos.

Digo los números en alto. Saúl sonríe sin parar, el tono de su risa es mágico.

Mientras el teléfono carga y la botella se va vaciando busco una foto de paso, de paseo, para Por complacer a mis superiores. La foto del indolente número 13 aparece en el libro primero de los indolentes. Las nubes en El violín mojado.

Tendremos un otoño lluvioso, lo dicen el romero, la lavanda y el mirto. Lo aseguran los topos y las ratas.

Solicito que te quedes bailando pero marchas. No te quedas. Has sido permisiva, vulgar y distante. La hermandad de sangre nunca será la hermandad de espíritu. La sangre tira, el alma desespera.

Te has cansado y ya no esperas. He marcado tu número mil veces. Nadie respondía. Suman 3. Solo 3. Busca tu destino en otra parte. Buscas tu destino en otra parte.

Bailamos. En torno al centro el baile será mañana, nunca pasado. ¿Te has cansado? Las piedras pesan y aunque se lancen hacia nuestras cabezas somos iguales. Nueve piedras. Nueve. Piedras. La negra la acaricio con el amor, con un amor que quema sin deseo.

Fumo para temer al equilibrio de la mediocridad. Lo has olvidado: la vida crece entre los matices.