miércoles, 8 de diciembre de 2010

The Face (ochenta y tres) (Tercera Inclinación)



Eras tan milimétrica, y a la vez tan absurda. Exacta y rigurosa. Como los arquitectos que odiaba Gaudí. Como esos poetas de ahora que miden los versos y los convierten en endecasílabos perfectos. ¡Si la poesía tuviera forma! Tiene tono, y el tono está por encima de su propio defecto.

Los kilómetros los recorro con el pañuelo en el bolsillo y aburrido de los últimos libros de poesía que recibo. Es tan vanidosa la lírica como lo es la crítica. Habla bien hoy de mí, que mañana te reportaré beneficios. Ese libro es tan cojonudo porque magnífico será el que escribas. ¡Qué vergüenza! ¡Qué asco! Y abres el poemario, y no existe el tono ni en los primeros versos. Acudes al final, por si hay error, y más de lo mismo. Miserias líricas.

Pero sigue escribiendo. Escribe. No dejes de hacerlo que no te faltarán los halagos. El afecto, el deleite y la adulación suelo guardarlos en el bolsillo derecho. En el izquierdo está el pañuelo. Presente siempre en todas las estaciones.

Y el mercado de espejismos (disculpe usted, Felipe) se contará por reseñas, prólogos, introducciones o, tal vez, presentaciones aduladoras. ¿De qué? De mierda. Es la poesía contemporánea impura, como lo es la imaginería de Josep Maria Subirachs en la Sagrada Familia. Las formas rectas e impersonales, lineales, cuando todo es movimiento, la realidad siempre es curva y personal.

Un sapo grande, muy hermoso, me despedía en la puerta de casa. Un sapo feo como los versos venenosos del poeta hacedor. Intenté asustarlo con la pierna y no se inmutaba. Permanecía mirando y soportando el viento de la tarde. Tomé un papel y lo empujé hacia el abismo. El sapo saltó de pronto hacia un bolsillo.

Lo siento pero desde que el otoño agoniza la noche se hace muy pronto. Y he perdido de vista al sapo. Los versos malos los olvido pronto. Y espero seguir recibiendo poemarios dedicados. Tienen más valor. Se cotizan mejor. Lo siento. Y por favor, deja de contar. Al menos, debes hacerlo bien. Ni siquiera tus amigos (amigos de un simple instante y de favores) te van a creer. Me queda la pena.