viernes, 3 de febrero de 2012


POCO a poco voy recobrando la movilidad. Aunque no sé qué era más efectivo, si el desvío o el acierto. A pesar del incipiente incremento de pasos no me atrevo a recoger las hojas del porche. Hay frutas del acebuche, bellotas, suciedad de los árboles y cagadas de pájaros y de poetas que han venido a visitarme.

A veces doy la impresión de tonto y soy siniestro. La próxima parada prometo realizarla con acción retardada. Se han asustado todos al verme caminar de esta manera. Es un mecanismo de autodefensa. Para no dañar más la cadera he calzado el zapato con un libro de Robayna. Además, para equilibrar el paso, llevo en la mano izquierda a Platón y a Parra y en la derecha a Colinas y a Rilke. Así voy hablando con Jano y con Francesca mientras recito a Dante. Todo se queda en casa.

La poesía en superficie no me interesa. Las consultas de versos tampoco. Yo quiero un libro hecho. Y que digan que si el acento, la falta o el error, me importa un mismísimo carajo. El poema si es bueno renace, hace que recobre esa movilidad y que olvide los compromisos que no sirven de nada.

¿Vale de algo que hoy te dediquen una página? Si dentro de cincuenta años no existirá ni el medio, ni el poeta, ni el verso.

Me pregunta TRR si tengo miedo de ir a Barcelona el 26 de marzo. También consulta TRR si tengo miedo de acudir a Madrid el 1 de marzo. Miedo no, pánico. Leer, enfrentarme a un público exigente que mirará mi pierna, mi cadera, mi espalda, la cojera y esta forma de andar un poco underground. No soy Kusturica, ni siquiera Kovacevic.

Tengo miedo a volar a Ecuador en junio. Y de allí a Chile a estrechar a don Nicanor con esa movilidad que ahora es ausencia.

El miedo es necesario, como lo es el silencio, la soledad y el alimento. Sin miedo no hay respeto, sin respeto no existe la literatura y sin ella la poesía no tendría sentido.

Es miedo lo que le falta a Bloom.