lunes, 30 de noviembre de 2009

Cometas y veletas



El Colegio del Santo Ángel de Puerto Real era un edificio blanco, con un patio inmenso y lleno de ruido. Cuando iba a clase siempre estaba contento, principalmente porque nunca pensaba en el colegio. Apenas tengo recuerdos de él.

Pero algo que no logro olvidar eran las apariciones intermitentes del hermano visitador. Siempre llevaba una lata de mantequilla ZAS entres sus manos. Y en la lata caramelos de pétalos o flores color violeta, con olor y sabor a violetas.

Esos caramelos los tenían las abuelas o el hermano visitador.

Gracias a él aprendí de memoria las tablas de multiplicar, las reglas ortográficas y los ríos de España.

Siempre decía que existían dos tipos de alumnos, los cometas y los veletas. Con el paso del tiempo apliqué esa teoría a los poetas. Poetas cometas y poetas veletas. La experiencia y la nueva sentimentalidad. La poesía y la poesía.

El hermano visitador te decía en clase, delante de tu profesor, que si acertabas las preguntas que te iba a hacer te daba una torta, pero podías coger una violeta. Si fallabas, también recibías torta, pero esta vez sin caramelos.

Acumulé muchos caramelos que me resultaban extremadamente empalagosos. Y los cambiaba por canicas a los compañeros en los recreos.

Un día la cometa quedó enganchada en la veleta del viejo edificio. Nunca volvimos a ver al hermano visitador. Desde la ventana de mi clase, siempre le enviaba un saludo a esa veleta.


viernes, 27 de noviembre de 2009

No dar la cara



Iba por la avenida de la Constitución con mi amigo Salvador Ibiza, y un descastado, desaliñado y muchos más “de” me ha dicho, “¿Quieres marihuana?”. A lo que he respondido, “¡De Merivilla!”.

Me ha mirado con una cara de desprecio y desesperación, y muchos más “de”.

Recuerdo que una vez, en la avenida de la Palmera me asaltaron dos individuos a punta de navaja, y me pidieron el reloj, a lo que exclamé, “¡Venga ya, hombre!”. Y seguí mi camino. Los pobres se miraron y se marcharon.

Cuando descubrí realmente lo que había pasado me temblaron las piernas de miedo. Es un recurso natural. No es defensa, es despotismo, y muchos más “de”.

Uno de ustedes tiene un virus en su equipo, y manda anónimos con spam. Sí, está comprobado. El informático Adrián, después de mucho destapar la destreza, y muchos más “de”, me ha respondido.

¡Pasen el antivirus! No vaya a ser que os cojan desprotegidos y desencadenen una debacle, y muchos más “de”.

Bueno, tengo que describir el desinterés del desarrollo de la presentación de mañana.

¡Pasen el antivirus! No se corten, la “d” es sólo una letra. Pero pasen el antivirus, no se vaya a meter como un dedo en la deuda de la almeja.

Enciendo el último cigarro de la noche y apuro el M. M. Olga dice que está nerviosa, vamos atacada. Mujer, escucha a María Villalón, y a Ondina Maldonado, a la Jiménez Sarmiento déjala por favor, déjala todavía. (Hay veces que me muestro y otras que es mejor no dar la cara).


jueves, 26 de noviembre de 2009

¡A ver si se me pega algo!



Veamos, ¡estos mercuriales están zumbados del quince! No se ponen de acuerdo para la próxima tertulia. Unos que si el 2, otros que si el 6, el 7 ó el 8 de diciembre. Y van diciendo por ahí que si es fiesta, que si juega el Sevilla o el Coria.

¡Estos mercuriales! Lo mejor es borrarse de la tertulia. Total, desde hace cuatro tertulias no se come ni una almeja. Muchas verduritas a la plancha, poco alcohol, y el tono de la voz de José María Jurado que hace retumbar la Biblioteca del Hotel.

Romano, el profe, nos lee su última genialidad de la antigüedad literaria. Ridao se cachondea del arte. Cotta llega tarde. Julio es ahora un pobre roble dilapidado en hojas de acacia. Nuestro mantenedor mantiene y se deja mantener. Los invitados que siempre van a llegar, nunca vienen. Nuestro Capitán viaja. Alejandro, entre baños y recuerdos.

¡Qué no! Esto es un panal de abejas asesinas, descafeinado y distante. Recluidos en una soledad desmesurada, una tertulia es un acontecimiento. La nuestra, además de enriquecer, resucita.

No voy a dañar más la integridad de nuestra esencia. Mientras seamos hombres, se puede escuchar. Llevo treinta minutos pegado al teléfono. Una reserva para Londres y el señor del otro lado (¡ahora no escucha!) me cambia mi suite por una vulgar habitación a lo Simply Red.

Mercuriales. Tenemos que encontrar un sitio acorde a nuestra condición. En Londres voy a buscar algo digno. Os cuento.

Por cierto, el viernes estaremos en Zaragoza. Presentaremos el libro de poemas de Olga Bernad en Siltolá (en la Biblioteca de Aragón a las 19'30 horas). Aguantaré en el Ave, un viaje con Romano y Abel Feu. ¡A ver si se me pega algo!

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Asumir, aceptar y llorar



Llevo cuarenta y cinco años con mi vida siendo un gilipollas. A pesar de ello no me ha ido mal. No me puedo quejar. Pero todo se lo debo a una serie de factores. La creación, saber estar en el momento justo, y desde luego constancia y trabajo.

Cuarenta y cinco años. Con mi mala vida (entiendan por favor, comidas fuera casi siempre, tabaco, estrés) apenas me quedan otros quince. Unos arriba, otros abajo.

Quince años. Mucho o poco según se mire. Y pretendo que estos quince supongan un cambio en mi vida. Un gran cambio. Voy a ser el mayor cabrón de todos los cabrones. No se asusten, Zapatero es un gran cabrón y es el presidente del gobierno de España. Y Rajoy es otro gran cabrón, y la oposición depende de él.

Pero sí, cabrón. Veamos, para que tenga lugar la metamorfosis es necesario asumirlo. Ese primer paso ya se ha dado. El segundo es aceptarlo. También. Y el tercero es el llanto. Uno cuando descubre que va a cambiar suele llorar. Llorar mucho.

Llevo llorando desde la Navidad de 2008. Cuando descubrí que estaba solo, completamente solo. Cuando entendí que el humo no es síntoma de la supervivencia. Cuando dejas que pasen las horas y los días sin saber ni escuchar. Y sigues estando solo.

Desde entonces observo el mundo en otra dimensión. Las personas son personas y no seres humanos. Y esta adivinación nunca ha sido desconcierto.

Hoy volveré a mis orígenes. El desencanto ha ocupado mi paciencia, y me supera. Y no quiero vivir, quince años es un mundo, y el mío ya se ha perdido.

Adiós. Les deseo un mal día. El mío será pésimo, no podré hacer lo que realmente quiero.


martes, 24 de noviembre de 2009

Lapsus 11



Hijo de puta,
verás en el infierno
todas tus dudas.

La muerte y la esperanza



Juana era la tía de mi padre. Habitaba el ala sur del caserón de Marqués de Comillas. Enviudó joven y desde entonces su compañía eran las monjas y los árboles.

Cuando tuve tres años organizó una boda. No conocía a la novia, y fríamente, sigo sin conocerla. En el patio de pilistras y naranjos y bien caída la tarde, aquello era una mezcla de sacramentos irrenunciables.

Pantalón corto, pelota en mano, y ella con muñeca antigua. Más que una boda parecía un desfile.

Nunca entendí esa boda. Intenté recordar y escribí varios poemas. Nunca la comprendí.

Mi tía falleció hace muchos años, con el mismo moño blanco y las horquillas saliendo del cabello, queriendo escapar de la vejez. De luto riguroso tenía la tez muy clara, y los mofletes rojos, sana como una pera su vitalidad era una adivinación.

Me acordé de la boda en los camerinos, cuando tocaba el bajo. Pasé a la Custom. Más eléctrica, más tocable, más sacramental.

Cierro los ojos y observo a mi padre comiendo cañaillas. El ritmo del bajo hace que vuelva a cerrar los ojos. El sentido de ritmo, el tono, la esperanza. En el fondo un verso es la consecución de notas musicales. Y un poema es la canción de nuestra vida, de la boda que nunca existió por los juguetes.