El mundo a veces nos juega una mala pasada. Y digo el mundo por no decir la vida. Total, tres días que estamos aquí y por cojones tenemos que estar contentos, sonrientes, a gusto con nosotros y con los demás, y falsos. Sí, falsos. Hacemos lo que no debemos, ¿realmente haces lo que quieres?, te engañas, no sabes lo que quieres, comemos lo que nos viene en gana, y discutimos de eso y aquello sin saber realmente lo que es una discusión. Ni nos importa.
Nos cargamos de cosas inútiles que acabarán algún día en un vertedero, y nos rodeamos de seres humanos que nunca serán seres hermanos. Ante un fracaso ponemos cara de desesperación, y con los éxitos la cara en sí se nos vuelve desesperación.
La vida, es lo que hay.
Una vez una joven muy apuesta, intentó imitar la vida de los demás. Se le veía entusiasmada. Hasta se rodeó de animales. Cuando murió su mascota se dio cuenta que su capacidad era limitada, y que la imitación provoca desconcierto. Si no es capaz de vivir como uno mismo, cómo va a hacerlo sobre los demás. ¡Qué mala es la envidia!
Pero eso no es lo grave. Una definición de la vida, que en sí está vacía, es la abstracción. La llenamos de familia, de hijos, de trabajo, de cosas. Pero cada uno de los huecos de nuestra vida, no es nada. Es una abstracción. Y por tanto nuestra vida, la vida en sí, no existe.