miércoles, 30 de junio de 2010

Cadión (Elogio de la Irreverencia XLVIII)



Tras una leve sonrisa se esconde una personalidad muy difícil. Nunca ha acudido a psiquiatras, ni a galenos del dolor. Su mirada está perdida y sus ojos hablan de lluvia. Viste, como no quiere o no sabe vestir; habla, como no quiere o no sabe hablar; reflexiona, como no quiere o no sabe reflexionar.

El proceso de humanidad que defendemos no tiene respuestas a sus preguntas. Es un ser minúsculo a pesar de su grandeza corporal. Creí que tenía corazón y acabé averiguando que era muy pequeño.

A veces determina, y en ocasiones singulares, provisiona una porción de vida para seguir estando aquí. Pero no lo sentimos.

Es la esencia del sentido común. Ausencia plena de principios líricos. Es humo, sólo humo.

Cuando el viento de levante se despierta, y atraviesa la fundamentación del sentimiento, se esconde en su casa para no dar cuenta a nadie. Cumbreño habló de dar la cara, de estar y ser. Él no entiende las palabras de José María. Las escucha pero no las oye.

En una ocasión, un poeta acudió a un acto simple. Él estaba presente. Lo abordó como quien cruza un paso a nivel sin barreras y acaba desluciendo el acto (ya por sí deslucido).

Un hacedor de versos en dispares hemisferios. La no creación de las antípodas.

Recibí hace meses una llamada que confirmaba su muerte. Nunca sabré si falleció el hombre o el poeta. Su sonrisa se ha convertido en mala cara.


lunes, 28 de junio de 2010

(Jeremy Iustix 7)



Durante mi estancia en el hospital dudé si disponía de alma. A veces soñaba con un inmenso páramo repleto de verdades. Pero la sensación duraba muy poco tiempo. Eran frecuentes los pensamientos sobre las injusticias. Debía justificar mi tormento y la pesadilla que vivía sobre una cama manchada de suero.

Dudaba del alma, del vicio y la virtud. Encontré rectificaciones a comportamientos que realicé hace años. A veces las acciones eran leves e insensatas, probaba la inocencia o culpabilidad en todo.

Buscaba el azar, el destino. Sólo una explicación. Los vicios eran virtudes y el alma siempre era mejor. Nunca me abandonaron los dioses.

Reflexioné sobre las relaciones con los semejantes, sobre el trato y la voluntad. Inventé (por escaso tiempo) un lugar mejor, nuevo. Presumía de escapar de la verdad y habitar en una imagen de vida inconsciente. Nada me llenaba. Comencé a decir a las enfermeras que no quería recibir visitas. Intenté convencer una a otra con argumentos de auxilio. Obstinadamente eran el único motivo de confianza que quedaba.

La experiencia nunca fue un grado. Comenzaba de cero. Ni sabía ni entendía. No era experto en nada. Dejé de conocer el porqué y la propia causa. El alma estaba mezclada en el todo. Tenía en la cabeza a Anaximandro (siempre lo he tenido muy presente). Las cosas se hacen justicia mutuamente por sus culpas. Siempre por sus culpas. Y el orden lo pone el tiempo. El tiempo pone y dispone.

Apenas puedo mover la cabeza e intento descubrir aún hoy las culpas. Determinar la justicia. Y ese tiempo lo han impuesto en mi vida. Todos los planteamientos, el futuro se realiza como semejante al propio sueño, acaban siendo inexistentes. Dicen que todo se resuelve en un instante y han pasado seis meses. Todo es determinado, todo es infinito.

Nada se mueve, ni siquiera esa hoja del árbol que observo por la ventana. Nada va de un sitio a otro. La unidad permanece. Se preocuparon exclusivamente de enseñarme a moverme en un intrépido carrito de ruedas. Fue su ocupación. Cada paso que daba se celebraba como victoria, cuando en mi interior derrotaba angustia.

Cualquier alma no podía introducirse en ningún cuerpo, y menos en el mío. Opinión, ocupación, desidia. Existía el vacío real. No hay aliento. El modo de ser se confunde con ese bello páramo de verdades.

Y la verdad es que sigo cansado y casi siempre dormido. Me hacen vivir los contrarios, el bien y el mal, el vicio y la virtud.


sábado, 26 de junio de 2010

Cadión (Elogio de la Irreverencia XLVII)



Hay que diferenciar entre los distintos tipos de cuadernos que circulan por nuestras venas virtuales. Aunque aparenten igualdad de plantillas o seguidores fieles, enlaces predeterminados, álogos anónimos o miserables recursos, lo cierto es que hay diferentes cuadernos.

Los hay creativos. Meramente creativos. Determinadores del sentido común y la distancia. Una muestra es un hecho y cien mil un aburrimiento.

Los divertidos prometen. Ocurre a veces que el ser divertido es finito y limitado.

Los hay reflexivos. Introvertidos post que generan detenimiento y sofisticación.

Otros son informadores. Se limitan a informar y dar a conocer la multitud de desconocimientos propios y afines al ser humano. La limitación se vuelve más intrínseca cuando descubres la incapacidad de conocer. Pero para ello están los informadores.

Los hay lamentables. No hay palabras para definir lo lamentable cuando en sí son cutres.

Y están los cuadernos de la vanidad. Ante un bello nombre (que ya contiene un punto vanagloriable) se esconde una difícil personalidad ausente de protagonismo real, en cambio capaz de realizar hazañas virtuales.

Los cuadernos de la vanidad abundan. Yo, mí, me, conmigo, y si sobra algo, me lo quedo también. La porción de sobrecarga acaba provocando un estreñimiento masivo. El dolor comienza a aparecer. ¿Un laxante? No hay laxante capaz de liberar la obstrucción de vanidad.

Baste hacer un experimento. Acuda a un cuaderno que piense es vanidoso y lea las diez últimas entradas. No falla. Ese yo, mí, me, conmigo, a mí, para mí, y todo lo bueno, genial, magnífico, que hago, creo, divierto y resucito. Es así. Vuelve a ser protagonista de una propia película (de guión, producción, dirección, realización, y efectos especiales propios). Ganadora de todos los posibles óscar de la blogaduría. ¡Cojonudo!

En una reunión de amigos dicen que quien calla otorga, pero también dicen que quien no para de hablar determina. ¿Determina? Y, ¿no es la determinación vanagloria? ¿No supone un acierto la mesura?

Hay mucha gente que odia mi vida con dios. Piensa que es irreverencia, o tal vez locura. Al menos a dios lo toco de vez cuando, y hablo con él, y le preparo el desayuno, y me ayuda a recoger los calabacines y las patatas. Pero yo no soy dios. Y lo de ayer, hoy y mañana me importa un carajo.


viernes, 25 de junio de 2010

Cadión (Elogio de la Irreverencia XLVI)



Dice el poeta Elías Moro que si en el siglo VI ya se escribía como Llywarch Hen, nosotros no hemos hecho más que empeorar la lírica. Acertada reflexión de Moro.

Un idioma britónico, y una traducción impecable de Antonio Rivero Taravillo para determinar la esencia y la pureza.

No dejamos de sorprendernos con la lengua. Bien aplicada es capaz de determinar fabulaciones (como las que realiza Jesús Cotta), muestras de humanidad (baste leer a J. J. Cabanillas), reflexiones internas de literatura creativa (Tomás Rodríguez Reyes) o tan sólo libertad literaria exquisita (Enrique García-Máiquez o Aquilino Duque).

Es la lengua nuestro portal del cielo, entendido como traslado, como dulzura.

Todo se acaba. La ilusión que tenemos en las cosas manifiesta ímpetu, pero éste es muy temporal, finito.

En pleno siglo VI, el poeta Taliesin, galés y oscuro, viajó al cielo y al infierno, y lo hizo en varias ocasiones. Utilizó la lengua para determinar lo invariable de las cosas, para encender la duda entre sus semejantes.

Empeoramos la lírica con el desconocimiento de la lengua, que es misterio.

“Nadie sabe si soy pescado o carne”.


jueves, 24 de junio de 2010

Cadión (Elogio de la Irreverencia XLV)



Existimos nosotros, pero ¿realmente hemos dejado de ser en algún momento? Dice dios que tan sólo existe quien realmente es, quien realmente desea ser. La duda es un orgullo, y como tal no es. Deja sitio en la pureza de la esencia, no manifiesta sus contemplaciones.

En la poesía ocurre lo mismo. Puedes ser o desear ser, pero tenerlo asumido te sumerge, te convierte en despropósito.

Los calabacines que recojo cada día, hasta que se acaben, son un verdadero y significante despropósito. Menos de un kilo y medio no pesa ninguno, y ni están huecos ni tienen pepitas. Aunque aparente cansancio en la alimentación, a la plancha, junto a unos pimientos, están exquisitos.

Siempre junto a. Todos desean estar junto a. JRJ, Hernández, Rosales. Junto a. Al lado de. No por debajo, ni tal vez por encima (¡qué burrada!). Los poetas exclusivamente observan el horizonte, nunca la verticalidad.

La realidad de este país es vertical (debe ser así). Siempre observo el huerto en vertical, nunca en horizontal. Se aprecia mejor el crecimiento exponencial de las verduras, de los versos.

Los libros de poemas que se hacen en España son enormes, como los calabacines, pero horizontales, planos. No hay repuntes de energía, ni chispa. El corazón se ha apagado como en alguien ya muerto. Una gran línea horizontal e infinita está repleta de versos.

De vez en cuando existe esa subida, como en la bolsa. Ese nombre, ese poeta que crea y existe. Que es y desea ser. Con pureza, con esencia.

Pero al momento vuelve la gran línea horizontal del desconcierto. ¿O tal vez despropósito?


miércoles, 23 de junio de 2010

(Jeremy Iustix 4)



Todos disponemos de una esencia única. Una esencia con la que nos identificamos. Una esencia que trasladamos de un lugar a otro sin dudas ni misterios.

La esencia debemos conocerla. Ocurre que cuando más nos adentramos en ella se vuelve accidental. Y así comencé la aventura de mi propio accidente. La suerte o el azar guardan relación con la esencia. ¿Quién me iba a decir que un día cualquiera de mi vida se cambiaria mi propia esencia? Hechos accidentales, regocijos, afecciones.

Nuestra esencia está repleta de accidentes. Accidentes comunes al ser humano. El mío ocurrió una mañana cualquiera en Bloomsbury. Una mañana de verano que llovía. El agua dispersa y clara que viaja por Londres en las primeras horas.

Todo se genera. Todo se detiene. La naturaleza es capaz de demostrarnos que la espontaneidad no existe, y si alguna vez aparece, es incapaz de generar esencia.

Solía generar poco, la verdad. Mi producción era escasa y disfrutaba con las clases. El tiempo libre lo malgastaba en derrochar segundos familiares y minutos amigables. El teléfono y el correo hacían las veces de producciones. Producciones multimedia a las que nunca llame materia.

La esencia no puede ser nombrada, la defino mejor como denominada. Los fundamentos que provocaron el acercamiento de ese autobús hacia mi cuerpo aún permanecen en mi cabeza.

El accidente generó una esencia diferente. Cuando abrí los ojos era otra persona. Me cansé de las casualidades y acabé odiando el anglicanismo patético de las categorías. Miraba mi cuerpo, sentía la inmovilidad. Me había convertido en una especie distinta.


martes, 22 de junio de 2010

Cadión (Elogio de la Irreverencia XLIV)



Un poeta bueno y un hacedor de versos me acompañaron hace unos días a una tertulia nocturna en el porche. Sin prisas, con alcohol, tabaco y mosquitos.

El poeta pensaba que para mí era un hacedor de versos. El hacedor de versos creía que era un buen poeta.

Después de charlar, discutir, hablar y leer (amén de beber, fumar y matar mosquitos), se marcharon. Casi al amanecer, con brisa de la mañana y el primer riego.

Les indiqué que cuando llegaran me dieran un toque al móvil. Simplemente por seguridad. Los picaflandes andan por todos lados y en la A-477 suelen estar.

Aún espero. No desvelé mi opinión de ambos. No llaman. Puede que les dure la resaca o tal vez, se hayan convertido al cretinismo.


lunes, 21 de junio de 2010

(Jeremy Iustix 1)



He pasado mucho tiempo en una silla, inmóvil. El horizonte de visibilidad se limitaba a una estrecha ventana desde donde la vida pasaba por debajo de nuestro pensamiento. Ahora puedo manipular este artilugio que traslada mis huesos de un sitio a otro. Del campus a casa y viceversa.

Hoy he leído en un tablón de anuncios de la facultad el disparatado atrevimiento de un universitario poco coherente. ¿Buscar? ¿Encontrar? ¿Santidad? Palabras seguidas sobre un papel impreso sin sentido.

EL PROFESOR JEREMY IUSTIX ES UN SANTO. HAY QUE BUSCAR Y ENCONTRAR SEÑALES DE MILAGROS PARA SU SANTIFICACIÓN.
INTERESADOS ACUDAN LOS VIERNES POR LA TARDE A LA DELEGACIÓN DE ALUMNOS DE LA PLANTA BAJA.

Como si de un buscador de señales se tratase sólo he podido reírme tras la lectura. Detuve este carrito ante la atenta mirada de los estudiantes. Fue una lectura rápida. Emprendí la marcha intentando acelerar, sin conseguirlo.

Mis clases de filosofía no dejan impasibles a nadie. Apenas diez o quince alumnos acuden al aula. Eso ahora, antes del accidente la clase estaba llena. Explicaba los presocráticos, leía sus textos, vivíamos la forma de sentir, de comprender, de asimilar. He visto alumnos en los pasillos grabando las clases, otros tomaban apuntes desde la puerta de entrada. ¡Era tan feliz! ¿Era feliz?

Londres es una ciudad bella. También es fácil. Pero para un desgraciado y casi tetrapléjico que se pasea en un artefacto de tres ruedas, es complicada.

Odio la dependencia. La desintegración del ser humano la provoca la familia. Todos somos dueños de nuestros actos. Cada uno depende exclusivamente de sí mismo.

Aristóteles lo explicaba como la comunidad del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto. Coincidían en unificar familia a ciudad. ¡Qué error! Eso explico ahora. El rector no se atreve a expulsarme, aunque lo tiene fácil. Mis clases se han convertido en el vertedero de la facultad. Malet Street es mi santuario.

Cuando llego a casa sólo pienso en el accidente. No dejo de dar vueltas y vueltas a un mismo hecho aislado. De nada sirve una indemnización millonaria, el consuelo de todos, la verdad del misterio. Abandoné a mi familia, dejé a un lado los amigos, y encerré los planteamientos de una vida al propio desconcierto.

No dependo de nadie, soy autosuficiente. Justifico mis actos sin exposiciones lógicas. Todo en sí es un error, como la vida. Un simple y llano error del que debemos salir cada mañana.