martes, 30 de noviembre de 2010
lunes, 29 de noviembre de 2010
The Face (setenta y nueve) (Tercera Inclinación)
Creo tener razones que te puedo dar. Me queda la pena. Se fue el aire. Y por más que lo siento deseo volver hacia ti. Como el pobre chatarrero vuelve a la oxidación. Tu nombre está apuntado en el cuaderno marrón. Y ese pedazo de ti lo sigo teniendo. Cada vez que regreso a tu nombre acaricio tu cuerpo sin gustarte. Te pongo nerviosa. Soy muy pesado. Las manos que me han dado son grandes y bastas.
Recordaba lo que uno debe hacer para triunfar en la vida. Ser agradable. Rodearse de famosos. Y ser muy cortés. En las lecturas (donde siempre acude la misma gente) hay que agradecer, hacerlo muy empalagosamente. Y repetir los nombres de los asistentes con carita de cabello de ángel. Ellos sonríen. Ellas se abren. Y tú, sigues manifestando la luz, tu luz ajena. Eres una aproximación al desconcierto. Y, más gracias. Así triunfarás.
Lo intenté hacer una vez pero mandé al carajo al más pintado. Y desde entonces, así me van las cosas. A las lecturas una media de veinte personas. Las justas. Las verdaderas. Y preguntan al salir qué he querido decir. El silencio nunca calla. Me queda una cosa. No te merezco.
Vuelvo a casa con mucho frío en los huesos. Me han invitado al patio de butacas a escuchar a Poveda y amigos. Rodeado de famosos he atendido al misterio. La duquesa, Tello, Curro, Burgos, Luchino. Una barbaridad de personajes para triunfar. He mirado el silencio. He pasado de todos. Hasta he pasado de Poveda.
Aunque con él estaban Matilde Coral, Joan Albert Amargós, Moraíto de Jerez, Diego Carrasco, Kiko Peña, La Susi, Arcángel, Marina Heredia, me quedo con Pasión Vega. Estaba bellísima.
De nada me han servido los versos de Valente o los de Gil de Biedma. De nada. Me quedan los nombres, las sombras. Mi vida está rota. En la cena me han pedido que recite algo propio. Y he tomado prestado un verso de Platón. Lo siento. Me quedo con tu boca.
Recordaba lo que uno debe hacer para triunfar en la vida. Ser agradable. Rodearse de famosos. Y ser muy cortés. En las lecturas (donde siempre acude la misma gente) hay que agradecer, hacerlo muy empalagosamente. Y repetir los nombres de los asistentes con carita de cabello de ángel. Ellos sonríen. Ellas se abren. Y tú, sigues manifestando la luz, tu luz ajena. Eres una aproximación al desconcierto. Y, más gracias. Así triunfarás.
Lo intenté hacer una vez pero mandé al carajo al más pintado. Y desde entonces, así me van las cosas. A las lecturas una media de veinte personas. Las justas. Las verdaderas. Y preguntan al salir qué he querido decir. El silencio nunca calla. Me queda una cosa. No te merezco.
Vuelvo a casa con mucho frío en los huesos. Me han invitado al patio de butacas a escuchar a Poveda y amigos. Rodeado de famosos he atendido al misterio. La duquesa, Tello, Curro, Burgos, Luchino. Una barbaridad de personajes para triunfar. He mirado el silencio. He pasado de todos. Hasta he pasado de Poveda.
Aunque con él estaban Matilde Coral, Joan Albert Amargós, Moraíto de Jerez, Diego Carrasco, Kiko Peña, La Susi, Arcángel, Marina Heredia, me quedo con Pasión Vega. Estaba bellísima.
De nada me han servido los versos de Valente o los de Gil de Biedma. De nada. Me quedan los nombres, las sombras. Mi vida está rota. En la cena me han pedido que recite algo propio. Y he tomado prestado un verso de Platón. Lo siento. Me quedo con tu boca.
sábado, 27 de noviembre de 2010
The Face (setenta y ocho) (Tercera Inclinación)
He preguntado a Susana si el día de grabación de la canción número cuatro estaba un poco resfriada. Y acerté. Tenía la voz tomada. Cuando comienza la querencia. Son las 04:40 horas. ¡Hija, qué ojos más bellos tienes! Tomo una pinta en un pub y alguien se acerca. Pide que recite un poema de Colinas. Como ofrecía libertad acudí a Sepulcro en Tarquinia (1975). Y no fallé. Es imposible hacerlo. ¡Menos mal que no pidió un poema de Gamoneda!
Ya me queda poco o nada. Intento olvidarlo todo, y pedir disculpas. No hay forma. Siguen quedando rastros en la luz. Y por el cristal del cuarto inglés el reflejo es querencia. He recibido un libro de Enrique. Le he llamado. Estaba recitando. La dedicatoria es muy amplia. Define una condición generosa, cuando todo es más corto. Mucho más escaso. Las definiciones de personas abundantes me causan congojo, por no decir otra cosa. Tengo muchas ganas de leerlo. Pero he de acabar los niños. Molestias de última hora acrecientan el trabajo. Le acabo de decir a los artistas y compañeros, que el homenaje que nos vamos a pegar será eterno. Eterno e inmutable. Y en Londres o en Sevilla. Da igual. Hay que hacer fotos de Londres para otro secreto compartido de querencia.
Manu es acojonante. Menudo compañero de armas. ¡Qué maravilla! Nadie salvo él es capaz de descifrarla. La lucha es inmensa, pero vivimos en el cielo. Han sido ya cuarenta y seis años en el infierno para poder llegar ahora. A veces imagino la luz sobre esa cubierta de Chatoyant Press.
Me aburre escuchar las palabras de los necios. Y sobre todo, cuando la luz se marcha, me queda la pena. El soplo de aire compartido. La rosa que dejé sobre la alfombra roja. Lo siento. Cada vez que intento arreglar las cosas, lo siento.
Las calles están repletas de personas. Me encanta como se viste en Londres. La despreocupación es un concierto de viento. Corelli se hubiera venido a vivir aquí.
Debo leer el libro de Enrique. He terminado la quinta versión de los niños. Pablo tiene más trabajo. Ya me queda poco. Y esa luz, esa luz en el cielo intenta decir algo que nunca entenderé. Lo siento.
Ya me queda poco o nada. Intento olvidarlo todo, y pedir disculpas. No hay forma. Siguen quedando rastros en la luz. Y por el cristal del cuarto inglés el reflejo es querencia. He recibido un libro de Enrique. Le he llamado. Estaba recitando. La dedicatoria es muy amplia. Define una condición generosa, cuando todo es más corto. Mucho más escaso. Las definiciones de personas abundantes me causan congojo, por no decir otra cosa. Tengo muchas ganas de leerlo. Pero he de acabar los niños. Molestias de última hora acrecientan el trabajo. Le acabo de decir a los artistas y compañeros, que el homenaje que nos vamos a pegar será eterno. Eterno e inmutable. Y en Londres o en Sevilla. Da igual. Hay que hacer fotos de Londres para otro secreto compartido de querencia.
Manu es acojonante. Menudo compañero de armas. ¡Qué maravilla! Nadie salvo él es capaz de descifrarla. La lucha es inmensa, pero vivimos en el cielo. Han sido ya cuarenta y seis años en el infierno para poder llegar ahora. A veces imagino la luz sobre esa cubierta de Chatoyant Press.
Me aburre escuchar las palabras de los necios. Y sobre todo, cuando la luz se marcha, me queda la pena. El soplo de aire compartido. La rosa que dejé sobre la alfombra roja. Lo siento. Cada vez que intento arreglar las cosas, lo siento.
Las calles están repletas de personas. Me encanta como se viste en Londres. La despreocupación es un concierto de viento. Corelli se hubiera venido a vivir aquí.
Debo leer el libro de Enrique. He terminado la quinta versión de los niños. Pablo tiene más trabajo. Ya me queda poco. Y esa luz, esa luz en el cielo intenta decir algo que nunca entenderé. Lo siento.
viernes, 26 de noviembre de 2010
The Face (setenta y siete) (Tercera Inclinación)
Diego ha envejecido mucho. Su rostro juvenil se ve atrapado en canas y desengaños. Le he dicho que hacía diez años desde la última vez que le vi, y me ha corregido. “¡Han sido veinte Javier, han sido veinte!”. Mantiene la misma postura interior y el mismo cuerpo de letra. Una carpeta blanca dibujaba la palabra “Juan Ramón Jiménez” con caligrafía específica. He respirado a Zenobia, su foto ya de enferma y Puerto Rico. Una agencia de viajes atraía las miradas con un burrito en la puerta. He contado los azulejos con el rostro del poeta y he perdido la cuenta.
Tengo problemas con la maldita luz y no saltan los térmicos. Me encanta el tinto de Mallorca, y reconozco, dulcemente, que a veces me quedo sin tabaco. Jorge me felicita, al igual que María. Y muchos emails. Idénticas llamadas. Más libros. Muchos más libros. Mi mesa está irreconocible. Debo vender algunos para comprar rubio. Marlboro corto. De estanco.
Un señor me ha saludado con eficacia. Y con vehemencia le he respondido. El libro de los niños sigue ilusionando, a pesar que cada día aparecen trabas y más trabas. Pero una traba es un acierto. Y lleva muchos implícitos. Te sigo descubriendo y aunque quieras permanecer como hasta ahora debes saber que es un grave error. El conformismo es el primer síntoma de la vulgaridad. ¡No te canses! Inténtalo, por favor. Sé que vales. Al menos, eso creo. Pero tus palabras absurdas ya me aburren. Te agotan. Reconócelo.
Está nevando en Londres y hace frío. Corro pero no entro en calor. ¡Cuántas incógnitas! Un día de estos exploto. La pereza y la tristeza me saben a indian tonic. Para qué negarlo.
El 102 de Eaton Square es blanco como la leche que has mamado. Echo de menos a personas que no han recordado el día de hoy. O no han querido hacerlo. La voluntad es libre. Como también lo es la lectura apasionada del Menexeno. Estoy en la séptima, en la séptima tetralogía. La de los burros o burritos. La agradable falacia.
Vuelvo al suelo. He caído del autobús sin más complicaciones que la risa de una joven muy bella. Debo coger el bastón. La cadera me apasiona. Hasta le hablo de vez en cuando. Pienso en Zenobia. En Puerto Rico. Diego me ha mirado y ha dicho: “¿Eres una aparición o una realidad invisible?”.
Tengo problemas con la maldita luz y no saltan los térmicos. Me encanta el tinto de Mallorca, y reconozco, dulcemente, que a veces me quedo sin tabaco. Jorge me felicita, al igual que María. Y muchos emails. Idénticas llamadas. Más libros. Muchos más libros. Mi mesa está irreconocible. Debo vender algunos para comprar rubio. Marlboro corto. De estanco.
Un señor me ha saludado con eficacia. Y con vehemencia le he respondido. El libro de los niños sigue ilusionando, a pesar que cada día aparecen trabas y más trabas. Pero una traba es un acierto. Y lleva muchos implícitos. Te sigo descubriendo y aunque quieras permanecer como hasta ahora debes saber que es un grave error. El conformismo es el primer síntoma de la vulgaridad. ¡No te canses! Inténtalo, por favor. Sé que vales. Al menos, eso creo. Pero tus palabras absurdas ya me aburren. Te agotan. Reconócelo.
Está nevando en Londres y hace frío. Corro pero no entro en calor. ¡Cuántas incógnitas! Un día de estos exploto. La pereza y la tristeza me saben a indian tonic. Para qué negarlo.
El 102 de Eaton Square es blanco como la leche que has mamado. Echo de menos a personas que no han recordado el día de hoy. O no han querido hacerlo. La voluntad es libre. Como también lo es la lectura apasionada del Menexeno. Estoy en la séptima, en la séptima tetralogía. La de los burros o burritos. La agradable falacia.
Vuelvo al suelo. He caído del autobús sin más complicaciones que la risa de una joven muy bella. Debo coger el bastón. La cadera me apasiona. Hasta le hablo de vez en cuando. Pienso en Zenobia. En Puerto Rico. Diego me ha mirado y ha dicho: “¿Eres una aparición o una realidad invisible?”.
jueves, 25 de noviembre de 2010
The Face (setenta y seis) (Tercera Inclinación)
Ya he encontrado, y queriendo, los poemas que me diste antes de ayer. ¡Menos mal! Hoy ha sido un día grande. De esos que recordarás siempre. Más de un centenar de libros por todas partes. Gracias José María, Diego, Javier, Antonio, Luis Alberto, Luis Carlos. Gracias a todos, e incluso dejo nombres en la cacharrería. Seguro. Sin querer olvido a personas que enviaron los libros. Un sms del apartado anunciaba que el día de hoy sería eterno. Eterno mientras dura. Y resultó que la eternidad eran libros y más libros. La mesa de cristal ha estado repleta por un momento. ¡Qué maravilla!
En un instante he querido ser invisible, como todos. Cuando descubres la esencia deseas la invisibilidad aunque no ocurre nunca. Le he dicho al ángel, al exterminador, que venga por favor. Le necesito. Requiero un diálogo de sombras. La luz natural me molesta. Por eso llevo siempre gafas de sol (que conste que Jorge se ha copiado) y otras simplezas (pañuelo por ejemplo).
La diferencia entre visible e inmutable radica en la propia eternidad. Y por eso deseo no estar. Han salido corriendo. Como en una carrera de relevos. Pero no existo. Hoy he querido despedirme con palabras y actos. He sido visible. He tocado, he sentido, he olido. He sido. En definitiva he estado.
Y me marcho. La maleta está lista desde entonces. Desde siempre. La maleta invisible. No puedo llevar tantos libros. Dejaré los recuerdos para luego. Para otra ocasión. Recuento las cosas del viaje y me encuentro con varias repetidas. Me estoy desgastando por momentos. La pereza y la tristeza dejan de existir. No volveré al suelo.
Hoy estoy cabreado. Muy caliente. La calentura y el cabreo son una misma causa. He pedido un favor y me han dado calabazas. ¡Estos poetas de siempre! Son los mismos, los de siempre. Los que pensaron que un renacimiento era trieste, aunque no se mueva la veleta, y todo es un pretexto. ¡Qué barbaridad! La historia de nuestra poesía en dos líneas marcadas y redundantes.
Estoy cabreado. Tengo un año más y me lo han jodido las sombras. Los mismos encuentros que determinan la melancolía. ¡Y una mierda! La esperanza la tengo cuando quiero, simplemente cuando deseo que me acompañe, pero ahora, al viaje voy solo. Sin nadie. Quiero sofocarme.
La esperanza la guiso con patatas. La amistad es un engaño. Me lo como todo, y no quiero saber nada más de ti. He descubierto todo. Echo a volar.
En un instante he querido ser invisible, como todos. Cuando descubres la esencia deseas la invisibilidad aunque no ocurre nunca. Le he dicho al ángel, al exterminador, que venga por favor. Le necesito. Requiero un diálogo de sombras. La luz natural me molesta. Por eso llevo siempre gafas de sol (que conste que Jorge se ha copiado) y otras simplezas (pañuelo por ejemplo).
La diferencia entre visible e inmutable radica en la propia eternidad. Y por eso deseo no estar. Han salido corriendo. Como en una carrera de relevos. Pero no existo. Hoy he querido despedirme con palabras y actos. He sido visible. He tocado, he sentido, he olido. He sido. En definitiva he estado.
Y me marcho. La maleta está lista desde entonces. Desde siempre. La maleta invisible. No puedo llevar tantos libros. Dejaré los recuerdos para luego. Para otra ocasión. Recuento las cosas del viaje y me encuentro con varias repetidas. Me estoy desgastando por momentos. La pereza y la tristeza dejan de existir. No volveré al suelo.
Hoy estoy cabreado. Muy caliente. La calentura y el cabreo son una misma causa. He pedido un favor y me han dado calabazas. ¡Estos poetas de siempre! Son los mismos, los de siempre. Los que pensaron que un renacimiento era trieste, aunque no se mueva la veleta, y todo es un pretexto. ¡Qué barbaridad! La historia de nuestra poesía en dos líneas marcadas y redundantes.
Estoy cabreado. Tengo un año más y me lo han jodido las sombras. Los mismos encuentros que determinan la melancolía. ¡Y una mierda! La esperanza la tengo cuando quiero, simplemente cuando deseo que me acompañe, pero ahora, al viaje voy solo. Sin nadie. Quiero sofocarme.
La esperanza la guiso con patatas. La amistad es un engaño. Me lo como todo, y no quiero saber nada más de ti. He descubierto todo. Echo a volar.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
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