domingo, 10 de junio de 2012

El banco de San Clemente


VIVIR virtuosamente es lo mismo que vivir según la experiencia de los hechos naturales. Nuestra naturaleza es parte de la naturaleza universal”. Lo decía Crisipo. El único fin es vivir conforme a la naturaleza. La propia y la universal. Ambas se funden en el centro indudable. La ley común es la recta razón de la palabra.

Solo lo honesto es bueno. Así, la poesía plena es aquella que nos reconforta, agrada, es deseable, proporciona la felicidad que es paz. Decía Crisipo que las cosas existentes podrán ser buenas, malas o indiferentes. En la poesía abundan las indiferentes y hay poco bueno. Todo es sensible al gozo, a la prudencia.

La razón de la palabra es el alma que se separa del cuerpo y sube. Viaja como un relámpago para atraer a la sabiduría. La razón de la palabra es la gloria de la naturaleza al final de nuestras vidas.

Lo justo es saludable, es parecido a las virtudes poéticas. El placer que otorga la lectura y la escritura. Un placer breve.

He tomado esta tarde un poco de cielo con la obra de Crisipo entre las manos. Una nube muy grande intentó robarme el libro con su experiencia. Plutarco, Nemesio y hasta Diógenes Laercio lo han evitado. Después tuve que preparar unos MM para agradecerles su honradez, su honestidad.

En la mañana paseé con Nacho por la Via Labicana, cerca del Coliseo. No paró de hacer fotos, de tararear opiniones que se convertían en beneficios, de hacer sumamente infelices a los pájaros del parque Ninfeo de Nerón. En un banco de San Clemente comencé un poema breve. Debe entrar en Motivos, si algún día se hace una nueva edición incluiré este poema.

Tomo la caja con las fotos de Nacho. Han pasado veintiocho años. Hay una del banco de San Clemente. Ahora no recuerdo el poema aunque tengo localizados los cuadernos marrones de esa época. Están deteriorados, sucios, débiles. La naturaleza propia es la naturaleza universal.

Ya se marchan los filósofos. Se ha ido Sharleen. Vuelvo a estar solo. Lo bueno es deseable. Produce gozo y además determina.

 

sábado, 9 de junio de 2012

Tercera Guerra Mundial: la arbitrariedad


MI madre era una buena mujer. Tenía un exquisito don sobre las personas. Les ayudaba, lograba visionar y arreglar todo lo permisivo. Cada ejercicio deterioraba su salud física, pero el interesado recibía beneficios.

Aquellas cuestiones de difícil resolución le llevaban más tiempo de la cuenta. Una duración posesiva e indiscriminada. En alguna ocasión la pude contemplar baja de forma física. El trabajo había sido excesivo.

Días antes de morir, ese fatídico enero de este año, me comentó con voz muy baja: “Hijo, ha comenzado la tercera guerra mundial”. Prosiguió: “Ahora las guerras se hacen de otro de modo, no son batallas, dependen de la arbitrariedad”.

No he parado de dar vueltas a sus palabras cercanas. La tercera guerra mundial ha comenzado. Son luchas políticas, caprichos premeditados, rescates financieros. Todo está determinado: Grecia, España, dentro de poco Italia. El Sur verdadero, la esencia y el origen, molesta al norte.

Se mantiene la discordia, el mal gusto, la invasión. Se precisa de una fuerza superior capaz de reconducir las voluntades. La pasividad es sinónimo de efervescencia. Hay que actuar, eliminar todo aquello que sobra y comenzar de cero con una paloma en la mano y una historia que no enseñarán en los centros educativos.

Hoy no hemos perdido a un presidente de gobierno, hemos dejado de ser España.

En Europa hay una luz que habita por encima de todos los principios. Dice llamarse nube. Parpadea con el sol. Junto a la luna tiembla, pasa frío. La ausencia de esa luz se llama arbitrariedad.

viernes, 8 de junio de 2012

El mes de la ocurrencia


MIENTRAS recorría con el coche los metros que separan la dulzura de la libertad, sentí dos golpes muy fuertes en la chapa azul. Había venido el pavor. El pánico se apoderó de mi cadera que contraía los músculos sin proporciones. ¿Han llegado los Nocilla? ¿Será Luis Antonio? ¿La sombra de alguien?

Abel olvidó las llaves en la guantera y le resultaba imposible acceder a su vehículo. Aún tiemblan las piernas. Muchas horas después. Recogió sin sobresalto los pasteles de Moguer y la nostalgia de la respiración pausada. Begoña, Blanca, Berta. Choco. No hizo falta el aire acondicionado.

Se carga el teléfono inalámbrico. Se apagaron las velas. Para aprender latín hay que estudiar filosofía. Si sigues a mi lado vestiré como Mauricio Wiesenthal. Almorzaré como Murakami. Saludaré como Luis Alberto.

Todos somos la noche. Se ha caído un ganchito de la cortina del salón. Me he subido en la escalera y hay moscas muertas en el pretil que une el cielo con el suelo.

Utilizo el pañuelo como réplica, soporta la humedad de los vasos con hielo, el sudor de las manos, el polvo de los cuadernos. Vivir, al fin y al cabo, es evadirse. El sorbo de sangre al humo del tabaco, la verde luz del router y su temblón estar, vivir, evadirse.

Ha llegado Boecio. Viene con Providencia. He roto el cuaderno marrón, las reseñas, los libros de poemas. He tirado las velas, el hielo, el cenicero amarillo brillante. ¿Malvado o justo? Amo el estoicismo. Moriré como él, arrestado por el sobresalto a las dos de la mañana en un cruce perdido.

Sobre la cama escucho los golpes que alguien otorga al coche. “¡Abel!”. “¿Eres tú?”. Silencio. No hay dulzura. No hay libertad. Salgo de casa con un bate de beisbol. Tengo miedo. En el capó del vehículo hay un sobre con dos libros. Versos de salón y Poemas y antipoemas. En el camino que recorre el porche delantero hasta el huerto hay artefactos por el suelo.

Desnudo corro hacia el centro. Junto al pilón hay una entrada al centro. Me siento en la tierra y siento a los insectos y a los gusanos por el cuerpo. Es la naturaleza. Alimenta la humedad la ausencia de mediodía. Es diciembre el mes de la ocurrencia.

 

jueves, 7 de junio de 2012

Las mamás de la plaza


EN los momentos de crisis la cultura se convierte en especulación y las opiniones dejan de ser vertidas para pasar a ser vertidos. Son los catedráticos de universidad los que opinan, pero lo hacen sin fundamentos, solo manifiestan la más absoluta de las ignorancias.

Intento escribir un poema. Se lo debo a Mario Quintana, al que llegué por Enrique García-Máiquez. Utilizo el aforismo de Quintana: “El mayor encanto de los bebés son sus mamás”. Y es cierto. A veces se nos cae la baba pero no especulamos, ¡qué más quisiéramos!

Llueve en Quito. En Moguer un calor soportable. Inmaculada defiende el tono y leo a Juan Ramón. El tono de Luis Rosales siempre se apostoliza.

En la naturaleza no hay lugar para la política. Los pájaros, las nubes, los árboles, no entienden de las gestiones ni de los aforismos. Vuelvo a poner derechos los cuadros. El paseo por la plaza es agradable. Sigo pensando en el tono de cuestión de horas. La filosofía no pudo con la poesía.

Dejo las fresas en la casa. Sigo saltando en la cama de Juan Ramón. El cuaderno marrón tiene una página llena. Contiene tachones y huecos. El espacio que existe entre la firma y el final de la página. El hueco nunca será esperanza. Acaso inexistencia. No llueve.

Tarareo la música de uno mientras escucho a otro. El cenicero dorado está limpio, inmaculado. La luz verde es un aviso. “El mayor encanto de los bebés son sus mamás”.

lunes, 4 de junio de 2012

La estantería marrón


POR el miedo a la costumbre. Eso suele ocurrir. Tomo el libro de un autor entre las manos. Durante las últimas semanas todos los suplementos literarios le habían dedicado reseñas. ¡Malo!, me dije. No hay un solo crítico que fabrique reseñas, las redactan por interés, amistad o miedo a esa costumbre.

Resulta que este autor es conocido, escribe bien, es correcto. Tiene sus seguidores, admiradores de todo cuanto haga. Si hablas un día con él da la sensación de habitar en el último peldaño de una escalera sin fin, pero no es así. Sabe que es la poesía el arte que le llevará a esencia, por eso no la abandona, aunque ahora para poder comer se escriban cosas miserables.

Tener oficio de poeta no significa ser poeta. Escribir correctamente tampoco.

Disfruté con la lectura del libro, incluso señalé dos poemas doblando el pico a la página. Pero no inmortalizó su palabra la razón de la palabra. Ni siquiera provocó la angustia que todos deseamos. La erudición no es sinónimo de poesía. Lo es de opulencia.

He guardado el poemario junto a otros que tienen hojas señaladas. En la librería azul, que está junto a la amarilla. Esa librería la tengo decorada con una zapatilla, velas, la foto de Pitingo dedicada con cariño y varios marcos.

Vuelvo a la librería marrón. Tomo a Colinas, a Parra, a Rilke, Pound, Eliot, Novalis. Allí está también Leopardi, Juan Ramón, Claudio, Dante, Platón. Lo marrón es inagotable. Lo azul tiene oficio.

Por el miedo a la costumbre. El alma sirve al cuerpo de instrumento como la poesía a los razonamientos. Ahora recuerdo a Plotino.  

Llora la soledad. Pienso en lo verdadero. Tengo frío. Esta noche de abril se nos va complicando cuando detengo el tiempo. La sonrisa que aparentas es mi único destino. Aunque digas que me quede salgo corriendo. Discúlpame, es el miedo a la eficacia.

 

domingo, 3 de junio de 2012

Los verdaderos


LA poesía es el arte que nace de la razón de la palabra. Es acción y elección, y como tal tiende hacia el bien. Se cumplirán los fines si aporta claridad, riqueza, enseñanza, pasión. La razón de la palabra no entiende de conclusiones proporcionadas, ella habita en un caos de contrarios con cierta disciplina. El desorden es la convención. El conocimiento es el aprendizaje. Sin lecturas, sin estudios, nunca llegaremos a la inestabilidad precisa. Al desconcierto.

No se debe juzgar, ni aunque sea acertadamente, se debe precisar. El mejor de todos es aquel que por sí solo entiende todas sus inutilidades. Las diferencias de razonamientos existen como los peldaños de las escaleras. Los de alta posición suelen ser pocos, escasos. Los que suben siempre se justifican y tributan por ello. Abajo, con un pie en el suelo (pisando la tierra) y el otro en el primer sustento, se encuentran los contemplativos. Los que odian la violencia. Los que no hablan, escuchan. Los verdaderos.

El efecto de la función propia es general, otorgará crecimiento en la razón de la palabra.

La poesía es el único arte de la razón de la palabra. Se construye con estrategias. Con victorias difíciles pero realizables. El orden viaja al infinito, al espacio, a la luz, al centro de la tierra que es el centro indudable. La necesidad y el remedio forman el centro de actividades permanentes. Todo está oculto, pero oculto en la virtud, en los sentidos, en la naturaleza.

La poesía es el único arte de la razón de la palabra que habita en la naturaleza. El miedo es el valor de la costumbre.

 

Si te sirve de algo


LLEVO  todo el día observando los nidos de los pájaros. La naturaleza pervive, reinventa. Mai determina, canta. En las casitas verdes hay descendencia, han anidado. En cambio, las casitas blancas están vacías. Las víboras, han sido las  víboras. Este año hay que tener cuidado, aparecen en las encinas.  

Los picos sobresalen por el hueco de entrada en las casitas de madera pintada. Es un orificio circular que habita al frente. Cinco, seis, siete. Cabecitas innatas, picos desgranados y amarillos. Tienen hambre. Esta tarde, cuando el calor apretaba, escuchaba un ruido ensordecedor. Miraba las encinas, los acebuches, hasta los frutales. En todos había nidos, y hasta la última de las crías tenía hambre y reclamaba.

Llevo todo el día analizando la esencia del alimento. Esa fuente de vida que sustenta la razón de la palabra. Son las bocas abiertas, la musicalidad de estar a tu lado. Muero de rabia. Estoy en suspenso.

Por más que lo intentes con tus paseos, no podré estar tranquilo. Piso hormigas. De todos los tamaños pero negras. Ha caído un poco de pan en la cocina y han invadido la casa. Una hilera genial firma un tratado. Les he pedido a todas la confirmación. Aporto el alimento si se van como entran, no pueden permanecer aquí. En la esquina del baño, donde está la percha de la ropa sucia, se han parado a debatir. Las hormigas son sabias. Alimento de pájaros, destructoras del humo.

Después de la tormenta siempre llega la rosa. Las hormigas me dicen que aceptan. Que necesitan pan pero que marchan. Todas se irán después del alimento.

A través del cristal de las gafas de sol, las amarillas, observo a los mosquitos. Insoportable devenir, jerga de necios. Muevo las piernas. Me pongo nervioso. Corro hacia la puerta de la calle. Golpeo el pulsador y abro. Una salamanquesa se mueve con vértigo. Recuerdo a Botas. Víctor era más general y universal que la propia indisciplina.

Como la salamanquesa corro hacia la salvación. Me paro en las plantas aromáticas. La flor de la lavanda se seca, pero en la punta más alta hay un poco de morado puro, es el centro indudable. Dos poemas no justifican a un autor, lo hacen cinco. Y así, en múltiplos complejos y primos, ese violeta exquisito permanece. Tomo unas tijeras de podar para recortar las ramas de los árboles. Se ha nublado el cielo de pronto.

Amo a los presocráticos. Vivo con ellos. Me importa una justificación la poesía actual, esa. La que escriben los necios. Los disparates que desean una reseña para embargarse a sí mismo. Echo en falta tu cuerpo. Digo adiós a la naturaleza sentado en el césped. Me pica todo. Rasco mi cabeza con los dedos, las piernas resucitan de escozor. Bichos. Animales. Insectos.

El plato de loza blanco que he dejado en la bandeja, junto al vaso con agua, está lleno de hormigas. Sigo sentado. Leo versos de Botas. La historia antigua me la sé de memoria. El prosopon casi. No pertenece Víctor a la generación del 68. Habita en el centro, en la razón de la palabra. Lo de las generaciones es una gran gilipollez.

viernes, 1 de junio de 2012

Es perplejidad


LA palabra normal ha quedado en suspenso. Que a don Nicanor le den el Nobel en unos meses no sería ninguna sorpresa. Se lo merece. Estos suecos son más fríos que sus madres y la poesía es vida, es naturaleza, es perplejidad.

Lo ordenado es incierto. En la verdad, en el centro, en la razón de la palabra, reina el caos, los contrarios, la complicidad con las estrellas. Las nubes tienen formas distintas, no hay dos verdes iguales en el campo, los pájaros vuelan de diferente manera.

Sigo sentado en la contemplación del medio ambiente. Huele a aristocracia. Ahora leo a Pessoa. El mejor aforismo es aquel que nunca se ha escrito. Los jóvenes prometen, los compañeros de generación molestan y muestran envidias irreconciliables.

Doy un sorbo muy suave al vaso de cristal. Flota el aliento. El calor ha dejado paso al bochorno. El verso suda en el desasosiego. Miro a Pérez Galdós cuando levanto la cabeza. Escuchar a Mozart suena bien, es culto, cursi, poético, moderno. Pero si la interpretación es nefasta muere Mozart y su música.

Estoy de acuerdo contigo cuando hablas de la razón de la palabra como una sinfonía. Es verdad. Es la única certeza. La vela que arde y da calor. Un sopor necesario. Creo que en Ecuador recordarán mi nombre igual que Villena recordará a António Botto. El modernismo es bello, como la música de Mozart.

La botella de agua azul está vacía. Las pipas rancias. El tinto caliente. El paquete de tabaco vacío. El cuaderno marrón inacabado. Mi vida, ya cansada. Nicanor Parra será el próximo premio Nobel de Literatura.