martes, 28 de septiembre de 2010

The Face (cuarenta y uno) (Tercera Inclinación)



He aprendido a jugar al “Mi Chi, mi Cha”. Si lo piensas fríamente se trata de una partida de cartas absurdas, pero con mucha gente, algo te diviertes. Y encima se utilizan unos diálogos pésimos. De vez en cuando el silencio es el protagonista.

Diez poetas jugando a ver quién es más gilipollas. Así es la poesía. Juegas con los versos como operas en tu vida. Descubro día a día que todo el mundo utiliza su intuición para favorecer intereses personales. Me canso del yo mi me conmigo, como también me canso de las amistades compartidas. La soledad es el vértigo del alma.

He comenzado el curso con mucho interés. Una sensación que voy perdiendo por momentos. Las llamadas entre sí no favorecen. Los discursos lamentables. No existe nada ni nadie que puede hacer cambiar mi opinión. Y lo peor de todo es que cada día estoy más cansado.

Puede que me oculte entre las encinas o mejor, que intente demostrar la infinitud del sentimiento. Es la alegría que se lleva el miedo. Las obsesiones del alma, de nuevo.

No pueden hacerme creer que alguien escribe bien porque su amigo lo dice. ¡Cállate! Te ha tocado el uno en “Mi Chi, mi Cha” y tienes que joderte.

Los poetas de la partida los elijo. Siempre. No consiento que agregues ilusiones, o amistades. La afinidad, como el acercamiento, son errores literarios. Y de gran magnitud. Piensen por un momento en las antologías literarias realizadas con afinidad. ¿Ya? ¿Tal vez García Martín en sus momentos iniciales? No, ahora existe un mayor acercamiento.

Y sigo escuchando el yo mi me conmigo. ¡Este tío nunca se va a cansar de dar carrete a sus lamentables escritos!

Hace unos días, en una cena lírica, un poeta me comentó qué grande era otro. Y disculpe usted, por más que intento no llego. ¿Estaré perdiendo capacidades? Le respondí con otro poeta, indicándole que cada día me gustaba menos lo que escribía. Su rostro cambio. Se volvió gris. Cometí el mayor de los insultos, el de la sinceridad.

Y así pasan los días, entre el cansancio y el golpe de frescor por las mañanas. Se han ido los rabilargos. Sólo quedan las arañas.