martes, 24 de mayo de 2011

Veintiocho



¡Qué cosas se te ocurren! Lo dejo todo por el suelo y acudo veloz a tu llamada para al final, nada. Un triste desengaño que parece un misterio. Y entre un abismo y la indiferencia queda la realidad. Se te ha ocurrido llamarme justo en el momento que hablaba por teléfono. Por eso ha salido una voz que respondía por mí. Sobra lo demás. No te he colgado, ni he apagado el móvil, ni siquiera he pulsado la tecla roja. Hablaba por teléfono. ¡Qué cosas se te ocurren!

Por la noche, cuando trabajo, siempre me acompaña Benito Pérez Galdós. Lo tengo sobre la cabeza, justo enfrente de mis ojos. Un marco antiguo, verde y dorado, un poco dañado y abierto. El óleo no está terminado. En el ángulo inferior izquierdo queda un vacío, un hueco sin pintura. Ese bigote blanco bajo la singular nariz, y un traje de época difuminado en el lienzo.

Mayo siempre es triste. El calor agobiante de los pájaros y una luz que estremece. Un poema puede ser banal y, tal vez, no es capaz de interpretarse. ¿Para qué? ¡Qué cosas me dices! Ha pasado el tiempo y no es ayer. Lo insustancial es primitivo, trivial. No quisiera aventurar que el terminal ahora se carga, que la tarjeta sim no me reconoce.

Ha pasado el tiempo. Mucho tiempo. Sabiendo que te marchas procuro no hacer experimentos. Tampoco pulsaré el botón de la vida que todo lo recrea. Ya verás que si me conocieras un poco más, entenderías mejor. Mucho mejor. Soy muy limitado. Tengo muchos defectos. Puedo roncar un poco. Pero sobre todo, y es lo más importante, no me gusta hablar por teléfono.