domingo, 21 de abril de 2013

El camino de la reencarnación





TIENE la muerte un intenso olor a pescado podrido. Un efluvio que se instala en la nariz y aparece cuando menos lo deseas. Desagradable y fuerte. El calor alimenta la descomposición.

Bajo la triste sombra de la encina muerta, permanece el cadáver del perro grande. Falleció hace diez días y aún permanece junto al gran tronco.

Tiene la muerte la lucidez de estar presente y a la vez desaparecer entre la hierba que trae la primavera. Su reputación es fama y la admiran numerosas personas, sobre todo aquellas que no desean nunca su visita.

He invitado a la muerte a tomar un poleo menta. Aguanto la respiración en su presencia y en la cocina, mientras preparo la infusión, tomo el aire de la insistencia.

Cuando llevas un rato junto a ella, escuchándola, viéndola, soportas todo el viento que le acompaña. Es correcta, formal, menuda y sonriente. Me atraen sus manos, conjugan la ética y la estética. Sus manos son una mezcla de esperanza y sospecha.

La impresión de su vida, es la muerte, agota los sentidos. Tan solo separa el triste cuerpo del alma. No es destrucción, es afecto, el camino de la reencarnación.