miércoles, 13 de mayo de 2020

Día 60



Los buitres comienzan a dar vueltas en el cielo. Esperan la ocasión para recoger las migajas que les permitan la supervivencia, sobrevivir después de una eterna tormenta. Da igual quien arroje los trozos de miseria, los gorrones siguen volando. La talla que se aprende en los momentos de destierro se confunde con la subsistencia, con la perduración de una especie que agoniza por la carencia de ética, por la ausencia de arte.
Recuerdo El Quijote: “Si, por ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado: que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama; y, para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento: Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña...”.
Es evidente que la certidumbre es convicción. Hoy he entrado en la Chiesa di Sant’Anastasia. Pocos fieles. Los justos. Acudo rápido a la obra de Affresco di Pisanello, para contemplar, para atender, para entender. Estoy ahí.
El silencio está ahí, solo ahí. Si está allí lo desconozco.